El siguiente pasaje pertenece al libro "España descarrilada. Terror islamista en Madrid y el despertar de Occidente" de Gustavo Daniel Perednik. Editado en junio de 2004 por Inédita Ediciones.
Páginas 110 a 120:
CAPÍTULO 5. LA CONTRACRUZADA. EL ISLAMISMO ENTRE LA AÑORANZA Y EL DELIRIO.
LA MUJER Y SUS TRAIDORAS.
Es dable condenar desde el Islam la violencia contra las mujeres. Por un lado, hay aleyas que demandan un buen trato a la mujer y que definen amorosamente la relación entre el marido y la esposa: "Entre sus signos está haberos creado esposas nacidas entre vosotros, para que os sirvan de quietud, y haber suscitado entre vosotros el afecto y la bondad" (30:21).
Pero del mismo modo, si se quiere, uno puede desde el Islam justificar el trato más insidioso. Después de todo, si el profeta se opone a "golpear a las mujeres que sirven a Alá", a un hombre enfadado no le resultará trabajoso descubrir que en el momento en el que le pegó a una mujer, ésta no estaba sirviendo a Alá como es debido.
En la edición española del libro de Muhammad Hamidullah El Islam. Historia, religión y cultura, publicado en 1996 por la Asociación Musulmana en España, se expone la cara moderada del Islam, precisamente la que puede alentar puentes de amistad.
En el libro se cita profusamente que el Islam ha de establecer la libertad de conciencia en el mundo, y que la religión misma declararía impía una guerra para obligar a abrazar el Islam (página222). Se enseña que el Corán no distingue razas ni orígenes, que hay igualdad entre el musulmán y el que no lo es, y que incluso el Estado musulmán por naturaleza es tolerante en materia religiosa. Se narra cómo la autoridad musulmana hizo destruir una parte de la mezquita de Damasco para permitir la reconstrucción de una iglesia que había sido demolida. E incluso a los judíos se dedican párrafos alentadores: "El pueblo judío puede con toda razón sentirse orgulloso de un gran número de reformadores" (página 1) y Mahoma cuidaba de un anciano judía (página 133).
En algunos casos, esta guía musulmana de España cae en flagrante apologética, típica de una tradición que excluye la autocrítica. Así, en el tema de la apostasía nos dice Hamidullah que "es considerada naturalmente como una traición política y este crimen conlleva sanciones, pero la historia muestra que no se han empleado" (página 221). En ninguna de las 336 páginas del libro se explicitan las "sanciones" que han sido convenientemente silenciadas.
Pero a pesar de la moderación general del manual, que bien puede servir de base para el diálogo interreligioso, hay un área en la que se queda estancado, y es la concerniente a la mujer. Aquí, con toda la buena voluntad y mesura de Hamidullah, los términos femeniles no dejan espacio a la duda: frente a la "libertad excesiva de la que goza hoy una mujer... el Islam pide a la mujer seguir siendo un ser razonable" (página 191); "La mujer tiene una constitución física más delicada que afecta hasta el peso de su cerebro" (página 193); "Según el Corán si se teme la infidelidad por parte de su mujer debe primero amonestarla... puede incluso golpearla, pero no duramente..." (página 198).
Un año después de la publicación del libro, hubo por lo menos un varón que prescindió de las tres últimas palabras. El 20 de diciembre de 1998, en la aldea de Sukho, al norte de Islamabad. Zahida Parveen, de treinta años de edad y embarazada de tres meses, dormía con su hijita cuando a su esposo le embargó la sospecha que Zahida le había sido infiel. Aunque la mujer lo negó, Iqbal la amordazó, la ató de los pies a una soga, y mientras se balanceaba boca abajo aterrorizada, el esposo la golpeaba con el palo de un hacha. Luego procedió a cortarle las orejas con una navaja, y le extirpó la nariz entera. Unos minutos después, tomó una barra de metal con la que le arrancó los ojos, e introdujo sus dedos en los orificios para asegurarse de que nada había quedado adentro. Cuando concluyó su tarea de amonestación, cortó la soga y dejó caer el cuerpo de la desgraciada; tomó a la hija y se retiró.
A la mañana siguiente, cuando Zahida ingresó al hospital local, su monstruoso aspecto llamó la atención de la prensa local. Debido a ello el caso excepcionalmente involucró a un ministerio, se exigió el arresto del marido. El episodio trascendió a la opinión pública mundial, claro que sólo por tiempo limitado.
Lo más raro de este cuadro terrorífico, fue que hubieran apresado al criminal. Los muchos casos diarios de crímenes "por honor" pasan inadvertidos y jamás se castiga a nadie. La difusión puede incluso ser contraproducente, ya genera en las mujeres permanente pánico de que a sus maridos no les embarguen las sospechas.
Es evidente que el Corán no le exigió brutalidad al marido de Zahida, pero el solo hecho de que alguien pueda justificarse en el Islam para torturar, matar y descuartizar a mujeres, es inaceptable, sobre todo porque para una buena parte del mundo islámico ello es simplemente natural. Desagradable tal vez, pero escandalosamente rutinario.
Recordemos la cita del libro moderado de Hamidullah, "Según el Corán si se teme la infidelidad por parte de su mujer...". A buen entendedor, pocas palabras: el causal de la paliza no es la acción de la mujer, sino la sospecha del hombre. No hace falta agregar demasiado para percibir la dimensión del virtual sometimiento de las mujeres musulmanas.
En Israel, que ha elevado el estatus de la mujer musulmana por sobre las de todos sus vecinos árabes, les he mencionado este tema a amigos árabes. Las respuestas en general son evasivas. Por un lado, parecerían atenuar la gravedad de la situación por el hecho que aquí, en contraste con los países árabes, la policía sí interviene para castigar a los agresores. Pero enseguida agregan datos escalofriantes. Las mujeres musulmanas son golpeadas permanentemente, no sólo en sus hogares, sino en la escuela, en ambientes públicos. Y no tienen dónde quejarse ni dónde ser contenidas, porque el establishment religioso usualmente esconde el problema, o sencillamente no considera que sea un problema. No hay tradición de autocrítica. El gobierno de Pakistán ha intentado varias veces criminalizar los "asesinatos por honor" pero en la práctica la inacción policial al respecto continúa siendo la ley, y quienes quieren degradar a la mujer en nombre del Islam, pueden hacerlo.
Dice el Corán en la aleya 228 de la segunda sura (Al-Baqarah o La Vaca): "Ellas tienen derechos equivalentes a sus obligaciones, conforme al uso, pero los hombres están un grado por encima de ellas." Es habitual que la mujer no pueda andar por la calle si no es en compañía de su esposo o hermano y, una vez casada, se espera de ella obediencia al hombre. La charia permite al hombre la poligamia, la aplicación del divorcio a su propio arbitrio, y la potestad sobre los hijos. No es arduo imaginar qué siente una mujer que vive bajo un régimen en el que puede ser agredida físicamente por no aceptar una propuesta matrimonial, por no vestir modestamente, o por discutir con miembros de la familia.
Un hadiz (los hadices son narraciones sobre hechos de Mahoma que complementan el texto del Corán. Hay más de un millón de hadices, muchos de ellos considerados apócrifos) atribuido a Mahoma, establece que un hombre no puede tomar la ley en sus propias manos. Pero en las sociedades islámicas abunda la gente que no ve en el Islam un sistema ético que promueve la justicia y la misericordia, sino una especie de agregado que viene a justificar sus brutales prácticas tribales.
Una de ellas, ejercida regularmente en países africanos, es la clitoridectomía, que consiste en la extirpación cruenta del clítoris, en la mayor parte de los casos sin anestesia, con ayuda de un cuchillo u hoja de afeitar, un casco roto de botella o el borde afilado de una lata. Las pésimas condiciones médicas del entorno facilitan graves hemorragias e infecciones.
Un modo más invasivo aún es la infibulación, en donde a la clitoridectomía sigue el cosido y cerramiento casi total de los labios mayores y menores de la vulva (salvo un orificio indispensable para la orina y la sangre menstrual) que se realiza con alambre, fibras vegetales o hilo de pescar.
El encargado de la operación puede ser el barbero del lugar, quien momentos después podría emplear la misma herramienta para esterilizar el ganado o arreglar un par de sandalias. En algunas culturas, el marido abre los puntos con una daga en la noche de bodas, y vuelve a coser si debe partir por un tiempo.
La operación se efectúa antes de la pubertad, con el objeto de atrofiar en la niña la sensación sexual. Seis mil adolescentes son sometidas diariamente a la clitoridectomía, una cada quice segundos. No se requiere de su consentimiento y para colmo las niñas tienen prohibido llorar o gritar durante la operación, para "no avergonzar a su familia". Hay entre cien y doscientos millones de mujeres que han sido sometidas a la clitoridectomía.
En las sociedades en las que se practica habitualmente las mujeres lo aceptan como forma de reconocimiento social, y para ser más deseables a los ojos de los hombres.
Las consecuencias a corto plazo de tales manipulaciones son infecciones o hemorragias, que dada la intensa vascularización de la zona tratada, terminan a veces con la muerte. A largo plazo, la retracción defectuosa de la piel ocasiona una peculiar manera de andar (pasos cortos y rodillas próximas), y, sobre todo, la incapacidad física de experimentar sensación placentera en el contacto sexual. Se agregan a ello problemas menstruales, quistes e infecciones crónicas de la pelvis, o infertilidad.
Los efectos psicológicos consisten en estados de ansiedad, depresión y pánico. El peculiar modo de caminar de una mujer infibulada llega a ser considerado como un elemento estético y es deliberadamente exagerado como podría serlo el contoneo de caderas de una mujer occidental. Así, la mujer africana que no haya sufrido la mutilación, tiene menos posibilidades de casarse o lograr una integración social completa.
Hoy en día se practica sobre todo en países islámicos, pero la clitoridectomía proviene de prácticas tribales que preceden al Islam. Más aún, en algunos países musulmanes es inusual, como Irán, Turquía y Jordania. En los que es habitual, se la justifica con una interpretación de versículos del Corán y hadices. Los exégetas explican con detalle desde la conveniencia moral hasta el procedimiento de la intervención.
Sin embargo, las citas sagradas son polémicas. Se supone que Mahoma les indicó a las esposas de los Ansar (la tribu musulmana de Medina) que "corten sin exagerar porque es más placentero para vuestros esposos". Entre los expertos, Sayyid Sabiq sostiene que todos los hadices sobre la cuestión son apócrifos. Mohammed Sayyed Tantawi, director del Instituto Islámico al-Azhar define a la práctica como no islámica. Los argumentos que se esgrimen para mantener la práctica en vigor son: alejar a la mujer de su impulso erótico para asegurar su castidad o fidelidad, o hacer a las mujeres sumisas. Son razonamientos que a lo largo de la historia han justificado métodos de dominación femenina.
En la antigua China (desde el siglo VII de la dinastía Tang) se deformaban los pies de las niñas desde que nacían, por medio de vendar fuertemente el pie doblado, lo que causaba alteraciones de los tejidos, huesos y articulaciones y originaba el llamado "Pie de Lirio". Las clases altas podían "darse el lujo" de tener una niña casi inválida (con el pie de sólo ocho centímetros) quien sólo podía dar pequeños y dolorosos pasos durante un corto tramo y siempre con ayuda de un bastón. Estas deformaciones se consideraban testimonio de distinción y elegancia, y eran necesarias para encontrar esposo cuando fueran mayores, y se mantuvieron como una tradición hasta el siglo veinte.
A mediados de 1996 el ministro egipcio de salud , Ismail Sallam, anunció la prohibición de la clitoridectomía. El sheik islamista Yussef Badri inició juicio contra la medida y logro que un año después se revirtiera. Ocho médicos islámicos testificaron en su favor, aduciendo que la prohibición excedía la autoridad del gobierno.
Para el sheik la operación es islámica, y el Tribunal Administrativo de El Cairo dictaminó que se trataba de una práctica "necesaria". Al final de ese año el dictamen fue revocado por el Consejo de Estado egipcio, que volvió a prohibir la mutilación genital femenina, aun cuando la niña y sus padres acepten hacerlo, y a menos que haya una necesidad médica, ya que en el Corán no hay ninguna referencia que lo autorice. El Código Penal egipcio prevé una pena de hasta tres años de prisión.
No obstante, tomando en cuenta que antes ya se había cedido a la presión de grupos islámicos, existen fundados temores de que la prohibición pueda ser revisada nuevamente o no se aplique.
Lo mismo puede decirse de los asesinatos por honor familiar, muy extendidos en los países musulmanes, incluso Turquía y Jordania. Pakistán ha llamado la atención por la frecuencia (varios centenares de asesinatos por año) pero en rigor es difícil mantener registro porque son raramente denunciados. De vez en cuando, despierta cierta atención en Occidente algún caso de asesinato, pero se olvida al poco tiempo y la situación continúa imperturbable.
La joven Amina Lawal, en 2001 fue condenada a ser sepultada hasta el cuello, y a que el vulgo apedreara su cabeza hasta que muriera. El tribunal nigeriano de Katsina, en donde rige la charia, había penado a la desdichada por mantener relaciones extramatrimoniales. La corte suprema ratificó la pena, aunque aplazó la ejecución un par de meses para permitirle la lactancia de su hijito. No hubo grupos musulmanes que protestaran la medida.
Trascendió a los medios, y el 25 de septiembre de 2003 la corte anuló la sentencia de apedreamiento. Los aliviados por la anulación, no repararon en que su justificación fue un tecnicismo: Amina ya estaba embarazada cuando la charia fue impuesta en su provincia. Es decir que de aquí en adelante la muerte a pedradas seguirá siendo un aliciente concreto y real para que las jóvenes regulen islámicamente su vida amorosa.
Occidente tampoco reacciona proporcionalmente ante esta atrocidad, ni las otras similares que diariamente se perpetran en varias decenas de países musulmanes, en los que imperan los Hudud, las ordenanzas de amputar manos de ladrones, ejecuciones públicas, pena de muerte por apostasía, y otras de igual tenor (la tercera parte de las provincias nigerianas han establecido la charia como ley estatal).
En el tema de los derechos de la mujer, es insuficiente que los musulmanes moderados se limiten a señalar que la teoría coránica atempera los posibles abusos. La gravedad de la situación exige una campaña abarcadora, inequívoca, constante, profunda, sin medias tintas, que salga en defensa de la dignidad de las oprimidas por el miedo, y establezca desde el Islam un mecanismo que castigue duramente a los opresores.
Una campaña de esta dimensión podría perfectamente ser una iniciativa de las mujeres occidentales mancomunadas con islámicas moderadas. Sin embargo, llama la atención que muchas de las primeras no sólo no se ven motivadas a ello, sino que en rigor, por acción u omisión, salvaguardan a los regímenes árabes que apañan los atropellos.
Entre las taras que puede generar semejante conducta de autodesprecio, hay masoquismo, estulticia, vesania, judeofobia. Por supuesto, también los varones que se alinean con el imperio islamista soslayan la violación de derechos humanos, la ignorancia, la corrupción y el desasosiego que allí señorean. Pero el caso de las damas es más grave, porque agregan a los crímenes perdonados la bárbara explotación y el maltrato de sus pares.
Para que una occidental se identifique con esas autocracias (sean éstas del estilo medieval saudí, del fascista sirio, o de cualquiera de sus variantes intermedias) deberá haber ingerido una buena sobredosis de uno de los cuatro venenos mencionados hace dos párrafos. Probablemente sea el odio contra Israel un buen candidato a animarlas a justificar regímenes que las despojarían de sus derechos elementales.
Personajes como Gretta Duisenberg, Vanesa Redgrave y Gema Martín Muñoz prescinden de los asesinatos por honor y de la sumisión de la mujer, probablemente porque los islamistas compensan su misoginia con un declarado empecinamiento en exterminar al único país judío del mundo, y a ellas esta cruzada civilizadora pareciera resultarles contrapeso suficiente.
Son mujeres, pero desvergonzadamente subliman su pasividad ante millones de oprimidas, en actividad contra la única democracia de Oriente Medio, en donde los derechos femeninos son respetados al nivel de Europa Occidental y los Estados Unidos.
Frente a ellas, hay otro grupo de mujeres, lúcidas y valientes, que reman contra la eurocorriente para denunciar la opresión donde realmente está. No nos queda sino sacarnos los sombreros ante quienes reivindican el valor femenino y no se rinden a la demagogia, tales como Oriana Fallaci, Pilar Rahola e Ilka Schroeder, tres generaciones y una misma dedicación.
Cada una ha puesto el énfasis en una cuestión vinculada a ala guerra contra Israel. Oriana se detuvo en los excesos del Islam y los peligros que su radicalización supone para Occidente. Pilar, desenmascara la hipócrita judeofobia de Europa en general y la de la izquierda española en particular. Ilka denuncia la financiación de la Unión Europea al terrorismo contra Israel, que según ella es una vía para promover la hegemonía europea por sobre los Estados Unidos.
Las tres provienen políticamente de la izquierda, y hacen gala de un encomiable feminismo. Los libros de Oriana fueron traducidos a una decena de idiomas; su best seller La Rabia y el Orgullo es una apasionada defensa de la cultura occidental frente a la actual contracruzada, que combate por territorio, sino contra el derecho a una forma de vida. Una de las partes se ha lanzado a destruir a la otra, y la agredida minimiza el poder destructivo que la acecha.
La presente contracruzada es similar a las medievales. En la Edad Media, en su camino desde Europa para reconquistar el Este de manos musulmanas, los cruzados asesinaron judíos. En la Edad Moderna, en su camino desde el Este para arrancar Europa de manos cristianas, los islamistas también asesinan judíos. Pero cabe señalar dos diferencias entre la cruzada y la contracruzada, una mala y una buena.
La primera es que en la Edad Media los musulmanes no colaboraron con la población invasora. La segunda es que los medievales no fueron categóricamente derrotados.
Estados Unidos está venciendo en una guerra que Europa aún no asume, y por ello se siente distante de Israel. Aquí no podemos darnos el lujo de esconder la cabeza, ya que el dolor agudiza el ingenio y aquí sufrimos día a a día la agresión terrorista. En Europa puede sentirse que "este mini país de porquería puede arrastrarlos a una guerra" (así se refirió a Israel en 2001 el entonces embajador francés en Inglaterra, Daniel Bernard), pero aquí, en el mini país, sabemos que estamos en medio de la contienda.
Ilka Schoroeder es europarlamentaria, primera recipiendaria del premio Theodor Lessing. Ha militado en el Partido Verde Alemán, y actualmente se dedica a promover el establecimiento de un control para evitar que los fondos que paga el contribuyente europeo a la Autoridad Palestina sean utilizados para que niños palestinos se hagan estallar para matar niños judíos. La tesis de Ilka es menos radical que la de Oriana, pero igualmente preocupante. Los europeos, según ella, "han venido sosteniendo al régimen de Arafat con el objeto de socavar la hegemonía americana en Oriente Medio". Tratan de prolongar la Intifada tanto como sea posible, a fin de garantizar su propio protagonismo frente a EE.UU. La estratagema de Europa contra Bush, se paga con sangre de civiles israelíes.
En 2003 Ilka intentó revisar, de los doscientos cincuenta millones de ayuda anual europea a Arafat, qué porcentaje engrosó las arcas de la corrupción y el terror, la vida fastuosa de Suha en París, y el adoctrinamiento de adolescentes palestinos en la autoinmolación y el asesinato.
El Parlamento europeo respondió con sordera; menos de una cuarta parte de los parlamentarios mostró disposición siquiera a revisar el destino de los fondos. El objetivo de la Unión Europea trata de internacionalizar la guerra contra Israel, a fin de asegurar su propio rol de "mediadora". Para contrarrestar la campaña, esta mujer de menos de treinta años de edad, desenmascara sin timidez "la peligrosa postura europea, que conlleva una mezcla de ingenuidad, antiamericanismo y judeofobia".
Pilar irradia humanidad. Además de su hija biológica, ha adoptado dos niños necesitados (una en Siberia). En su actividad, combina a sus dos colegas, ya que es como Oriana una periodista polémica y cabal y como Ilke ha llevado su pugna a la actividad parlamentaria. El último de sus libros, Historia de Ada, es una exhortación desgarradora a defender "los derechos pisoteados de los niños".
La tesis de Rahola es bien directa. La supuesta "solidaridad con los palestinos" de la izquierda española es una hipocresía que disfraza judeofobia. Esta izquierda actúa como autista: las víctimas israelíes no existen, ni tampoco los excesos palestinos. De la policromía israelí, la imagen europea es lineal: un país depredador, el único al que no se le justifica su mera existencia. Ello, junto a la enfermiza devoción de la izquierda española por los dictadores, dice Pilar, ha convertido a una pesadilla llamada Arafat en un adalid de la justicia.
He aquí tres mujeres valientes que han decidido pelear por una causa "políticamente incorrecta" como es la defensa del agredido Israel.
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